Ramón Mariscal i Parella

Ramón Mariscal i Parella
Escritor, Poeta y Presentador.-

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domingo, 21 de febrero de 2010

HIPOCRESÍA SOCIAL.-

Que vivimos en una sociedad hipócrita, es cada día más evidente.
Por la mañana cuando salimos de nuestras casas, saludamos a nuestro vecino con una sonrisa, que la misma nos llega de oreja a oreja. ¡Buenos días Don Antonio! Buenos días Doña Pino! E interiormente nuestra mente nos está dictando lo desagradable que es Don Antonio, y lo mal que nos cae Doña Pino. Cuando expresamos lo maravillosos que son los hijos de alguien y en realidad a las espaldas de los padres manifestamos lo mal educados que son.
En realidad en la sociedad en la que vivimos generalmente, no podemos expresar lo que verdaderamente pensamos de los demás. “La opinión pública” es un arma que se suele usar mucho para que la gente sea manipulada al gusto de los que manejan esa opinión pública.  No nos atrevemos a decir públicamente que somos racistas, cuando en realidad, todo el mundo es racista, pero esa falsa “opinión pública” es la que nos frena a la hora de ser sinceros y decir que cada uno se quede en el lugar de donde procede. 
A los gobiernos que manejan toda esta situación de inmigración, les interesa que exista la misma. Es una manera muy diplomática de reclutar esclavos y ahora se le dice inmigración. Barata mano de obra. Y a base de la misma, cuantos empresarios no se han hecho de oro a costa de ellos. Sin embargo, aquí es donde se origina el verdadero debate, los ciudadanos autóctonos, son los que sufren serias consecuencias a la hora de adquirir un empleo digno y se ven sumergidos en una economía recesionista. Pero amigo, esto no se puede decir públicamente, porque inmediatamente se te tacha de facha, de anti-solidario y de racista. Pero esa es la pura realidad de lo que sucede. No podemos expresar libremente lo que se mueve en torno a nuestras vidas. Matrimonios que dan la sensación de llevarse bien y en realidad ambos viven un infierno.
En nuestros trabajos, se quiere dar una apariencia delante de nuestros jefes, de la que realmente no existe. Tan solo porque queremos que se nos acepte en un determinado círculo. Vivimos llenos de complejos, queremos demostrar lo que en realidad nos gustaría que los demás nos aceptaran ser, sin en realidad ser lo que somos. Es así.  Ante tales evidencias, no existe ningún remedio, pues al no aceptar en nosotros mismos lo que en realidad somos, todo es vano. Nos falta humildad para reconocernos hasta donde podemos y hasta donde no podemos llegar.
Vivimos sumergidos en un miedo social. Nadie es lo que en realidad es y el mal es que no decimos lo que verdaderamente pensamos, porque los que gobiernan psicológicamente han y manejan los pensamientos de esta sociedad. Es necesario que perdamos ese miedo que hay en un ambiente enrarecido en esta sociedad. Que digamos cuando haga falta a quien se le deba decir, lo mal que gobierna, lo mal esposo que es, lo mala esposa que es, lo sinvergüenza que es nuestro jefe al no subirnos el sueldo que nos merecemos mientras él se gasta el dinero que tendría que darnos en una noche de fiesta guarra. Posiblemente algunos digan que lo hacen, pero la realidad es que no se hace. Lo que se suele hacer es conspirar,  hablar de unos a otros y otros hablar de unos, pero cuando se nos dice que para hacerlo bien debemos poner nuestro DNI y nuestra firma, nos echamos para atrás y donde dijimos digo, decimos Diego. Nuestra respuesta es: “Mira yo dije aquello, porque me pareció, pero no estoy seguro…””Yo es que en política no me meto”. Es decir se dice mucho, pero no donde en realidad se debería de decir y en donde se debería de demostrar lo que se ha dicho.
Dado el miedo social que existe, se están produciendo los hechos que se producen, todos vemos la realidad de lo que sucede pero nadie da el paso para denunciar esos hechos. Se ha creado una sociedad conspiratoria, de cuchicheos, de llevar y traer, pero en realidad nadie a la hora de saber, nadie sabe nada. A mí que me registren.
Rompamos sin temor ese miedo, esos complejos. No nos apoyemos en otros para decir según qué cosas. Seamos nosotros mismos. Seguramente que si empezamos a ser nosotros mismos las cosas comenzarán a funcionar, pues lamentablemente antes jamás habían funcionado.
Siempre son los mismos y muy pocos los que dicen las cosas por su nombre y llega un momento en que si a estos no se les apoya, sus voces se apagaran, sus plumas dejaran de escribir y la injusticia, la demagogia y la ignorancia, serán las que imperen en nuestra sociedad, en nuestros municipios, en nuestras comunidades autonómicas, en definitiva en nuestro querido país.  
VEGUEROS S.M. Trazando el camino, por una sociedad más solidaria.-